En invierno, el frío es intenso, en ocasiones los dedos se sienten congelados y parece que sangre helada recorre las arterias, no es raro que en el carrito de la esquina me compre un café ( Si se puede llamar café a ese sucedáneo insulso, amargo y aguado)
Más que beberlo la idea es poner las manos en el vaso de plumavit y recuperar la sensibilidad en los meñiques, anulares, dedos medios, índices y pulgares tanto de la diestra como de la siniestra.
Casi una hora antes, al despertar, las sábanas te gobiernan, cuesta levantarse, cuando la decisión llega se hace todo rápido, el afeitado, las abluciones matutinas y vestirse, por lo que se llega corriendo a la esquina de recogida del bus.En este apuro nunca alcanzo a tomar el brebaje caliente completo y boto el vaso con gran parte de su contenido en un basurero al costado de un supermercado, aunque no se por qué, no vierto el contenido , sino que dejó el recipiente parado en el contenedor sin que el líquido se derrame.
Juan (No se si llama así, pero lo bautizo en forma unilateral) duerme sobre unos cartones en el suelo, en el mismo espacio que horas más tarde ocupan los carritos del supermercado, se cubre con unas sucias y aparentemente añosas frazadas.
Un día me di cuenta que Juan asomaba sus ojos entre sus tapujos y me seguía con la vista, miraba con atención como me acercaba al basurero a depositar el vaso con el café.
Avancé y volteé con prudencia, Juan se había parado de su precaria cama y recogía el vaso con el líquido caliente que yo había recién eliminado, no notó que yo lo observaba.
Al día siguiente hice un experimento, repetí la operación, pero esta vez agregué a mi compra, una sopaipilla a la que le dí sólo dos mordidas dejándola dentro de una bolsa de papel, esta vez dejé el vaso en el contenedor con el mayor cuidado posible sin que se notara que era así, junto con la masa a medio comer.
Me alejé y detrás de una reja observé impunemente la alegría de Juan, esta vez el brebaje venía con un bocado.
Repetí la operación día tras día, agregando empanada frita de queso o algo más de la mitad de un sandwich de jamonada en cada caso, nunca algo completo, me daba la idea que se podía romper el esquema.
Fue un Jueves, cuando lo hice mal, realicé las acciones habituales, pero al observarlo detrás de la reja, nuestras miradas se cruzaron, me sentí como pillado en una falta.
Pensé que lo había arruinado, pero al otro día todo funcionó con los mismo engranajes y coordinaciones de siempre, dejando el vaso con café y la sopaipilla con dos mordiscos en una bolsa y Juan levantándose con premura para recuperarlos.
Una noche, junto a la almohada, pensé que si bien le hacía un bien a Juan, era indigno que la transacción la realizáramos en un basurero.
Así que al otro día, me armé de ánimo y en vez de dejarle todo en el receptáculo habitual se lo dejé directamente frente a sus ojos y camastro, hizo un gesto de fastidio y se giró sin mirarme.
Nunca mas lo vi, en la murallas que apoyaba su cartones y cobijas, hay un rayado, no se si es de él, pero dice "Me gusta el esfuerzo, no quiero limosnas"
El otro día me compré un café de verdad, no sucedáneo, no aguado, sabroso, con el rótulo "Juan Valdez", repetí mi ritual dejé parte de su contenido y pedazo de brownie en un basurero como homenaje al otro Juan, en el Parque Arauco me miraron como si fuera un loco.
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